Viaje a Murmansk, península de Kola, océano Ártico

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Murmansk en invierno es blanca, con el pelo rubio largo y lacio, de ojos claros algo rasgados, océano oscuro y encrespado en el exterior de su profundo estuario. Indómito Ártico, legendario Mar de Barents, resistente en parte a los hielos gracias a la corriente del Golfo.

Corriente del GolfoCapital de la Península de Kola, en el noroeste de Rusia, la joroba de Escandinavia, escondida de todo y de todos, la mayor población más al norte del mundo, por esta vez y sin que sirva de precedente pondré mapas, que la cosa está difícil. Permítanme presentarles, con todos ustedes, la genial, la increíble, la desconocida, Laponia rusa.

Si la visitas en su largo invierno, su banda sonora será la de tus pies quebrando el hielo de sus calles, el graznido de las gaviotas y el chirrido de sus grúas con luces fluorescentes, junto a tremendos choques de los vagones que cargados de mineral se dirigirán rumbo sur, siguiendo la vía férrea al igual que los trenes de pasajeros.

Vías férreas que son el verdadero cordón umbilical que la une con el resto del mundo, vía San Petersburgo después de un fantástico viaje de 27 horas. Paisaje helado, bosques nevados, ríos y lagos congelados, bajo interminables auroras boreales, que una vez más no conseguimos ver. Y que una vez más, no nos importa.

murmanskEl corazón de la ciudad es de hierro y hormigón de baja calidad, el horizonte industrial y portuario es embellecido hasta límites insospechados por la claridad y luminosidad que siempre regala la nieve. El tacto de la ciudad es congelado, cortante, pincha e hiere. El frío cosquilleo de los brillantes vasos de vodka.

Si te da por lamerla, su sabor es ese aguardiente mezclado con pepinillos y arenque crudo. Si lo que quieres es besarla, te tendrás que agarrar bien a las colinas blancas de hielo que rodean un puerto que alberga la más importante flota de submarinos atómicos rusos, y por donde se desparraman casas y edificios, casi todos construidos en la época soviética.

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Torreta o “vela” del submarino atómico Kursk, en una colina de la ciudad como homenaje a los 118 caídos en el accidente

Murmansk, capital del Ártico ruso, de unos 300.000 habitantes, podría calificarse como un lugar a donde nadie quiere ir y donde todos te preguntan qué haces aquí.

Murmansk es joven, fue creada en 1916 por la guerra y la minería, apenas hace un siglo. Una posición estratégica para controlar el Océano Ártico, la famosa ruta del Paso del Noreste, la singladura que ahorraría un montón de distancia en el transporte marítimo Atlántico-Pacífico. Se eligió este enclave por estar situado en un estrecho y largo brazo de mar que se adentra en la península, desembocadura del río Kola. Su profundidad permite a barcos de gran calado, a los grandes rompehielos y a los submarinos atómicos rusos atracar aquí. Hoy convertida en base de desmantelamiento de éstos, cuenta con el récord de dudoso gusto de ser el lugar con mayor número de reactores nucleares.

La ciudad permaneció cerrada a los extranjeros hasta hace poco.

Murmansk puede que no sea muy atractiva para la mayoría de sus habitantes, quizá hartos de ella por verla desde el prisma de la cotidianidad, siempre cansino, empañado por el vaho de la rutina y de pocos brillos. Tal vez cansados de sus largos inviernos, deseosos de otros climas y de cielos más azules, donde las cosas huelan a primavera y salir a la calle no suponga entrar en un congelador a cielo abierto. Poder abrir una ventana y escuchar el tráfico rodado, cosas habituales imposibles de hacer aquí, donde las plantas se ponen siempre por dentro de la cristalera de los anodinos balcones grises y sucios.

streets of murmanskPero al viajero en cambio, le resultará fascinante, exótica, su contundencia es arrolladora, el principio y el final del invierno son la época ideal para dejarse abotefear por ella pero no morir, ni tan solo odiarla, para verla bajo el hielo y la nieve, sus elementos naturales.

Hasta la de los ojos marrones volvió esta vez impactada, como poseída por el viaje. Ella, que se pasea por las entrañas futuristas de Osaka con la misma expresión que lleva en el autobús Valencia-Torrent a su paso por Xirivella, camino del trabajo en un homogéneo y previsible miércoles cualquiera.

Apenas se pisa asfalto, tal vez solo al cruzar por calles bastante anchas, y solo en el centro de la calzada. Creo que bastará con decir que los carritos de bebé tienen patines, skies en vez de ruedas, como si fueran (¡lo son!) trineos.

DSC01785Sus habitantes no se detendrán ni bajo las más severas ventiscas de nieve, con una media de 16º bajo cero en los meses de invierno, ni en la larga noche que dura mes y medio sin amaneceres. Los padres, siempre muy jóvenes, empujarán los carritos de sus bebés cada tarde hasta la cima de la montaña del monumento Alyosha en condiciones que nosotros calificaríamos de suicidas.

Los parques de los niños, apenas asoman su parte de arriba sumergidos en dos metros de nieve, pero no por ello dejan de ser utilizados, y en lo que queda de ellos, se juega como se jugaría en cualquier otra parte del mundo, con el valor añadido de tener nieve de sobra para arrear un bolazo a tu compañero a la primera de cambio.

safe_imageNiños rubios jugando con un fondo de paisaje industrial, chimeneas humeantes, naturaleza indómita y grandes mercantes que surcan las tranquilas, oleosas y negras aguas. Desolada belleza y un futuro no demasiado prometedor, o al menos, no en exceso cómodo.

Sus mayores andan titubeantes sobre un suelo inseguro y resbaladizo. Pocas veces, decía, se pisa el asfalto original. Éste se halla bajo varias capas de hielo o nieve. Si en algún lugar se derrite, resbala y chapotea en lodo negro.

Los jóvenes salen de sus entrenamientos de hockey sobre hielo o de nadar en alguna piscina cubierta. Se enamoran, sueñan y desean ser correspondidos mientras suben a trolebuses que los llevarán, eso espero, a oscuros y calientes portales llenos de suciedad, pintadas y grafitis, donde besarse y meterse mano.

Mientras Murmansk les acecha en el exterior, como una colonia de pioneros de un planeta lejano y extraño, donde la supervivencia es un acto de fe, algo no asegurado en un mundo en su totalidad congelado.

centro de murmansk

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