Un país sin justicia es un país injusto

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Durante la tarde del domingo sucedió lo que antes o después iba a pasar. Este pasado fin de semana se terminó en Alemania la historia prófuga del protagonista del episodio que más seriamente ha golpeado a nuestra democracia. La detención de Carles Puigdemont era cuestión de tiempo, lo sabía él y me atrevo a decir que también el resto de Europa.

Se le ha acabado eso de mirar hacia otro lado y huir de la ley para no pagar las consecuencias de sus actos, pues todos debemos responder ante nuestros cometidos.

Durante los últimos meses, Puigdemont no ha hecho más que alargar la espera para dar la cara ante la justicia y rendir cuentas sobre sus tejemanejes, muy respaldado por los suyos y abandonado por el conjunto.

A raíz de los delitos enmarcados en el pulso independentista del pasado octubre, el ex presidente catalán emerge como una de las cabezas visibles del chantaje al Estado, más conocido como el ‘procés’. Apelando a una nación que deja fuera a la mitad de sus ciudadanos y alimentando la confrontación, ha intentado destruir la democracia, ha burlado las leyes, roto la armonía y posiblemente jugado con mucho dinero público. Puigdemont ha huido de la justicia, ha roto la estabilidad, ha bailado con la idea de la impunidad y, al final, se ha tropezado con su propio destino.

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La justicia ha dado un paso al frente para poner cara a este golpe que han asestado contra el Estado y contra los españoles en su totalidad. Ahora más que nunca debe ser implacable y defender unas leyes que nos otorgamos en su día para poder convivir en paz y a una Constitución que nos designa iguales ante esa misma ley.

Se ha puesto en riesgo al país que consensuamos con esperanza e ilusión en la Transición, a las normas de una buena convivencia y que algunos se han saltado a la ligera, sin querer afrontar las consecuencias que ello conlleva. Es momento de pararse a pensar, analizar y combatir las causas que han desembocado en esta indeseable situación, en las razones que han gestado tanto odio de raíz y que han propiciado la ruptura social, que no nos engañemos, debe trabajarse desde los fundamentos de la misma educación.

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Desde estas líneas quiero mostrar mi apoyo y agradecer la labor de los jueces, fiscales y cuerpos seguridad del Estado por velar y defender a ultranza el sistema democrático que tenemos, y que a pesar de muchos errores que deberemos corregir, nos ha permitido llegar hasta donde estamos.

El entendimiento y el respeto sí son posibles, y mientras estemos aquí, pondremos nuestro foco de atención en el bienestar de la ciudadanía a sabiendas de que la ley es igual para todos y que un país sin justicia es un país injusto.

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