Un nacionalismo consentido

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Una de las mejores características de la democracia es que la gente puede desentenderse del gobierno. Centrar su vida en el trabajo, ocio, relaciones… en lo que quiera, incluso en la política, con la confianza de que, mejor o peor, las cosas del Estado seguirán marchando sin demasiadas injerencias en su día a día.

Es algo así como una vida familiar sana, que te da cobijo sin marcarte la pauta. Sin padres autoritarios (dictadores) ni creencias obligadas (ideologías). Si algún miembro se apunta al Hare Krishna, se apunta él, no la familia. En tu cuarto puedes poner un póster de Star Treck, pero no obligar a todos a hablar Klingon ni quitar los pósteres de los demás.

Así ha sido, afortunadamente, la vida política en España desde la Transición. Y quizá incluso desde algo antes, cuando el abuelo autoritario empezó a flojear.

Pero no lo ha sido por completo en todas partes. En las regiones con nacionalismo, los partidos políticos han aplicado una presión obsesiva y constante sobre la sociedad, arrogándose el derecho a “normalizarla” a su gusto. El gobierno central ha sido tolerante y aséptico, ante todo no quería parecerse al abuelo, pero en algunos cuartos de la casa los hermanos mayores avasallaban a su voluntad.

El Proceso que se ha arrancado ahora en Cataluña forma parte de ese cuadro. El nacionalismo es un hermano mayor abusón que se mira una y otra vez en el espejo (narcisista), que manda y manipula en su cuarto (adulando y estimulando a quien le sigue, arrinconando y ridiculizando a quien se opone) y que necesita provocar constantemente al padre para justificar sus propias injerencias mediante el victimismo frente a la autoridad (hiperactivo)

Eso son nuestros nacionalismos. Un niño egocentrista, hiperactivo y manipulador al que se ha consentido lo que no hubiésemos aceptado al padre. Un niño al que no se puede dejar seguir saltándose las reglas (la respuesta sumisa no funciona con un manipulador), al que tampoco se puede responder con sus maneras (la respuesta agresiva pervierte a quien la practica) y frente a quien no cabe cegarse con deseos de que él solo se corrija (el buenismo en la práctica es procrastinación).

La respuesta eficaz es la asertiva. No entrar al trapo de las provocaciones, no responder con gritos a sus gritos, pero tampoco se premiar sus desplantes… y, poco a poco, ir haciendo cumplir las reglas de convivencia, las leyes de la democracia, de respeto al no nacionalista. Corrigiendo esa permisividad que ha generado el problema.

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