Suspiros por la Albufera de Valencia

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Qué gran pasodoble, Suspiros de España, compuesto por Antonio Álvarez en 1902, al que le puso letra su sobrino en 1938 para ser cantado por Estrellita Castro en la película del mismo nombre. Luego ha sido muy versionado, hasta con diferentes letras. Sugiero que oigáis la versión de la más grande, Rocío Jurado.

Conforme está ahora el panorama político patrio, al recordar este pasodoble, a uno le entra una profunda melancolía, tocada de sentimiento. Seguro de que esto les pasará a muchos españoles que están viendo, muy preocupados, como grandes nubarrones se ciernen sobre el futuro más inmediato de nuestro devenir político, por razones obvias, y están suspirando profundamente. Otros, por el contrario, estarán dando saltos de alegría. Esto es así, y es normal, pero ahora mismo, la confrontación política ha llevado a nuestra sociedad a una polarización extrema, solo comparable a otros tristes tiempos, ya extintos, y los suspiros se tornan en exhalaciones.

Pero vayamos al grano. Lo que pretendo es trazar un paralelismo entre diversos «suspiros», matizándolos, de ahí el título de este artículo. En este momento, muchos suspiramos por la Albufera, cuyas aguas están eutrofizadas desde la década de los setenta, sin soluciones efectivas por parte de las Administraciones Públicas implicadas, porque no hay verdadera voluntad política para hacerlo, es decir, se trata de un ecosistema o ambiente caracterizado por una abundancia anormalmente alta de nutrientes procedentes de actividades humanas, de forma que se produce una proliferación descontrolada de algas fitoplanctónicas. Recursos para actuar haberlos, haylos, máxime cuando existen varias figuras de protección ambiental como son su inclusión en el Parque Natural de la Albufera desde 1986, considerado LIC (Lugar de Importancia Comunitaria) según la directiva Hábitats de 21 de mayo de 1992, ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) según la directiva Aves del 2 de abril de 1979 y adscrito al prestigioso listado Ramsar desde el 5 de diciembre de 1989, como humedal de gran importancia internacional en términos ecológicos, botánicos, zoológicos, limnológicos e hidrológicos.

Últimamente la prensa local, sobre todo Las Provincias, ha puesto el foco en denunciar el fuerte deterioro que está sufriendo este paraje tan nuestro, y a la vez tan internacional, tan cercano y emblemático, con tantos valores ambientales, culturales, paisajísticos, con hondas raíces en nuestra idiosincrasia y tradiciones; en una palabra, algo tan maravilloso. Pues bien, en esta vida hay suspiros y suspiros. Me explico.

Muchos valencianos suspiramos por la regeneración de la Albufera, con acciones a título individual, o a través del trabajo, o del voluntariado participando en diversas acciones. También hay Asociaciones, oenegés y diversos colectivos que suspiran por ello con mucho esfuerzo, trabajo e ilusión.

En cambio, hay otros suspiros que no tienen perdón de dios. El otro día, suspiró por la Albufera, nuestro inefable Molt Honorable Ximo Puig. ¡A buenas horas, mangas verdes! En su mano está dotar de recursos económicos las acciones encaminadas a paliar el problema del Parque Natural de la Albufera, y si se queja de la infrafinanciación -excusas de mal pagador- se eliminan asesores y «grasa administrativa» encaminada a dar de comer a colegas y adláteres, hasta obtener los recursos necesarios. Pero, claro, eso duele y no sacia los estómagos agradecidos ni sustenta redes clientelares ni graneros de votos.

Por otro lado, el Ayuntamiento de Valencia, que es el propietario -desde el 3 de junio de 1927- de la Albufera y su Devesa, más de lo mismo. Si parte de los presupuestos municipales que se quedan sin ejecutar, así como ese «riego por goteo» que no cesa con «acciones culturales, festivas o tradicionales» cuyos frutos cosecha el pancatalanismo -como hace cuatro días con las Reinas Magas republicanas- u otras que van directamente y sin tapujos a chiringuitos ideológicos de su cuerda, fueran para regenerar nuestra Albufera, otro gallo cantaría. Mientras, Joan Ribó cree que con dragar el año pasado unos cuantos kilómetros de acequias, y algunes cosetes més, ya ha hecho bastante, y con ello se narcotiza la conciencia para evitar remordimientos.

Y qué pasa con el PP, atrincherado y calladito, sin decir ni mú. Claro, con las mayorías absolutas que tuvo recientemente y a la vez, tanto en el Parlamento como en les Corts y en el Ajuntament, pudieron hacer tanto e hicieron tan poco. Es que tenían encima la gran crisis financiera internacional, que les obligó a recortar por todos lados a la vez que expoliaban los recursos públicos a manos llenas para amamantar a sus corruptos y, además, gastar con pólvora de rey, obviando otras prioridades, con el objeto de poner a Valencia en el mapa mundial a base de fórmulas uno y otras alharacas.

Todos incapacitados y desacreditados para poder decir «aquí estoy yo» y solucionar la problemática del lago valenciano y su valioso entorno. Ahora que los peores son, con toda seguridad, los valencianos que suspiran por el Mar Menor de Murcia, cuando tienen a las puertas de sus casas el mismo o mayor problema con la Albufera de Valencia, que no se sabe si lo hacen por criticar a un gobierno regional de diferente signo político o porque no se atreven a hacerlo con el gobierno botánico de sus amores, y suspiros.

Por tanto y para concluir, encomendémonos a la suerte de que, si se eleva la voz lo suficiente por parte de la sociedad civil para solucionar este problema, la clase política tome conciencia de ello y actúe de una puñetera vez como debe, como es su obligación. Que nunca tengamos que decir aquello de “entre todos la mataron, y ella sola se murió».