Seguimos a garrotazos

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Entre 1820 y 1823, Francisco de Goya, uno de los máximos exponentes de la pintura española, pintó el llamado “Duelo a garrotazos”. El cuadro muestra a dos hombres enterrados hasta las rodillas, sobre un paisaje triste y lúgubre, enfrentándose a un duelo, cada uno con un garrote en la mano y a punto de golpearse. Esta obra forma parte de las “Pinturas Negras” que Goya pintó empleando pigmentos oscuros y representando una perspectiva negativa y pesimista de la vida tras haber sufrido los horrores de la guerra y haber luchado porque no se le reconociera como un ilustrado afrancesado en su propio país.

Una colección de pinturas que Goya trazó justo antes de marcharse al exilio en Burdeos, huyendo del esperpento de la monarquía absolutista de Fernando VIII y donde moriría pocos años después. Algunos expertos han llegado a interpretar este cuadro como la lucha de las dos Españas de la época, una liberal que ansía por evolucionar y progresar y otra absolutista que aboga por postulados conservadores y tradicionalistas.

Una imagen que bien podría representar a la sociedad española del primer tercio del siglo XIX, testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de nuestra historia: la invasión francesa, la Guerra de Independencia contra Napoleón, la redacción de la primera constitución en 1812, la monarquía absoluta de Fernando VII, el Trienio Liberal y el retorno del absolutismo. Sin duda, un periodo apasionante de nuestra historia que Pedro J. Ramirez refleja muy bien en su libro “La desventura de la libertad”.

Han pasado 200 años desde que Goya plasmara a estos dos jornaleros dándose de hostias. Por suerte, la sociedad española ha progresado mucho desde aquel entonces y nos hemos convertido en una sociedad moderna, solidaria, tolerante e inclusiva propia de un país del siglo XXI. Somos un país abierto al mundo, con la mirada puesta en el futuro, pero que no olvida su pasado, y que, por muchas adversidades que padezca, siempre sale adelante unido y reforzado.

Pero por desgracia, la sociedad española está atravesando por el peor episodio de nuestra historia reciente. Los españoles y españolas nos estamos viendo afectados por dos pandemias. Una pandemia mundial llamada “COVID-19” que está matando a miles de personas y está produciendo cambios importantes en nuestra sociedad y en nuestro estilo de vida. Y una pandemia nacional llamada “división política”, que tiene su origen en el duelo a garrotazos entre políticos ante una situación de emergencia nacional.

Si los efectos del COVID-19 ya están siendo terribles en nuestra sociedad y van a marcar a toda una generación, los efectos de la división política no hacen otra cosa que contribuir a agravar dicha situación. Esto último no es nada nuevo y, aunque la realidad requiera que ahora más que nunca los políticos tomen medidas excepcionales y con carácter urgente, los medios de comunicación nos tienen acostumbrados a ser testigos, día tras día, de sus constantes peleas. Es el duelo del tú contra mi. Del tú más. De la izquierda contra la derecha y viceversa. De la judicialización de la política. Del intentar derrocar al adversario cueste lo que cueste y se lleve por delante lo que se lleve. Pero con la diferencia de que un virus ha llegado a España para quedarse durante una buena temporada, le ha costado ya la vida de más de 50.000 compatriotas, tiene a casi 800.000 trabajadores y trabajadoras en ERTE y se ha llevado por delante a varios miles de negocios en lo que va de año.

¿Acaso la situación actual no es lo suficientemente grave como para que sean los propios políticos los que decidan terminar con la pandemia de la división política? ¿No son conscientes de que con su inacción y su falta de unidad están sentenciando a toda una sociedad? Están condenando a las personas mayores que han construido nuestro estado del bienestar a la muerte; a los jóvenes que terminan sus estudios, a incrementar aún más el paro juvenil; a los autónomos, que son el motor de nuestro país, a bajar las persianas; a las familias a decidir no tener más hijos; a los inversores a huir hacia otros países; a los turistas a no volver; y a los niños y niñas, que son el futuro de nuestro país, a ser víctimas del distanciamiento social, de posibles trastornos psicológicos y del retroceso en el nivel educativo.

La realidad es que se ha actuado tarde y mal. Ha habido una falta de liderazgo político en nuestro país que ha impedido que haya unidad de acción, debate, consenso y acuerdo entre nuestros políticos para sacar este país adelante ante una situación tan catastrófica. Y sus consecuencias ya las conocemos. No se han hecho las suficientes PCR, ha habido una constante improvisación, no se han establecido los protocolos sanitarios a tiempo, no se ha realizado un control de fronteras responsable, se ha llegado tarde a la vuelta al cole, ha habido un comité de expertos que no se reunía, políticos más interesados en las elecciones que en llegar a acuerdos, ha faltado material sanitario, camas en los hospitales y personal, hemos dado una imagen al mundo de caos y descontrol que ha condenado al turismo,…

Por eso ahora es imprescindible que los políticos dejen a un lado sus diferencias y piensen en los ciudadanos y ciudadanas. Que se sienten, debatan y lleguen a acuerdos para salvar vidas y empleos y aprueben unos Presupuestos Generales del Estado que hagan frente a la nueva realidad económica de España y que minimicen los efectos del COVID-19. Y que demuestren que están a la altura de la sociedad española a la que representan. Que demuestren que si a los españoles y españolas se nos piden esfuerzos excepcionales y además cumplimos, ellos también son capaces de hacer cosas excepcionales, optando por la estabilidad y la moderación para rescatar a la sociedad española de esta crisis.

Cada uno es libre de interpretar un cuadro como desee, de ver más allá de lo que el autor quiera contarnos y dejar volar su imaginación. Y el cuadro de Goya, en mi opinión, podría representar la política actual que, ante un panorama triste, lúgubre y repleto de incertidumbre, prefiere estar con el barro hasta las rodillas y a garrotazos.