Por el arco del triunfo

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Arco del Triunfo y Mirador de la Moncloa (Foto: Carlos Teixidor)

Tenemos un gobierno présbita, astigmático y miope. Qué le vamos a hacer. Como tal será el pueblo.

Ha tenido que navegar los tiempos más revueltos desde el inicio de esta democracia restaurada y ha tenido no pocos logros, que ahora los cobardes –  de propios y extraños – no quieren reconocer, pero que nadie dudaría, o casi nadie, en reconocer como tales cuando nuestra prima de riesgo, de la que ya nadie se acuerda, elevó su temperatura hasta niveles de quiebra patria. Entre los partidos principales de esta democracia que tan mala prensa tiene hoy en día, criaron un monstruo al nordeste que pretende desgarrarse a dentelladas por la parte de Aragón, y muchos dudaron de que este gobierno présbita, astigmático y miope fuera capaz de aplicar algo como el Artículo 155 y que, oigan, se está viviendo con una naturalidad chocante.

Dicho todo lo cual, se retira de ARCO, que desde los años ochenta ha sido un símbolo de la modernidad de nuestro país, una pieza – yo no lo llamaría arte sino un panfleto – en la que aparecen como presos políticos los que se pasan por el forro la Constitución – como tántos otros, por cierto -. Y retiran la obra. Y le dan una publicidad que nunca soñó. Y la venden por un pastizal. Y sobre todo, se ofrece una imagen de democracia miedosa, artrítica, inusitadamente vulnerable, desprovista de esa necesaria distancia que asume que una sociedad moderna no se puede amarrar con cinchas propias de otros tiempos, de otras circunstancias. Tampoco puedes meter a ese rapero enfermo de odio y violencia en la cárcel por escribir unas letras con la tinta de sus heces, y convertirte tú, convertir al Estado en el protagonista de la ignominia; con lo fácil que es endosarle una multa que le quite las ganas de vomitar atrocidades y le obligue a trabajar sin descanso hasta pagar el último euro. Pero para eso hay que legislar con sabiduría, y últimamente se legisla con fusta y calculadora, con encuestas y compromisos dudosos.

Y así Ciudadanos va cogiendo velocidad, una vez terminaron con una democracia interna que nunca existió, fiel heredero de todos los vicios de los partidos tradicionales apenas maquillados – ni falta que hace en esta sociedad présbita, astigmática y miope – y dispuesto a llevar su gatopardismo al poder con una emoción e impaciencia tan mal disimuladas como su carencia de profundidad y sabiduría. Y esto va a ocurrir, Dios mediante, más pronto que tarde, pues el aviso de la estructura demográfica es cristalino – consulten el CIS -.

El arco electoral pasa por encima del arte y de lo que no es arte, para helarte la mirada y llevarte, una y otra vez, a ese lugar donde cada vez somos menos y donde los valores se resguardan como las semillas en la glaciación.

Hay momentos en la Historia en los que lo más conveniente resulta no subirse a ningún tren, habida cuenta de que todas las vías llevan al precipicio del sinsentido.

Uno vive, ¿cuantos?, ochenta y pico años, y toda su vida es una preparación para morir con dignidad. Pero hoy casi nadie piensa en eso.

Pero no crean, yo soy un optimista convencido, pero no un iluso. Por tanto, en pro de mi felicidad, procedo a pasarme por el arco del triunfo – en el amplio sentido de la palabra – todas las premisas, las asunciones, los presupuestos en los que en realidad se basa esta sociedad enferma en la que los “políticos” sólo piensan en ganar a cualquier precio, los “artistas” sólo en vender no a cualquier precio, y los que están entre medias, a distraerse sin importar las consecuencias, votando irresponsablemente, comprando irresponsablemente, etcéterablemente. Así, los trumps, los putins, los puigdemonts, los iglesias, los maduros, los lepens y berlusconis, con todos los tibios rajoyes, junckers, sáncheces, riveras y demás en el medio del pelotón, que cierran los palmeros a la espera de alguna baja para cubrirla apresuradamente.

Cuánta paz hay en esta soledad tan conveniente.

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