Política a garrotazos

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Un 25 de octubre del 77 se firman bajo el auspicio del presidente Adolfo Suárez, los Pactos de la Moncloa. Se coloca así la piedra de toque de lo que será el “arco parlamentario” democrático tras la aprobación de la Constitución al año siguiente y además, se pone coto a la grave crisis económica existente en España y en el mundo- derivada de la crisis del petróleo- con las medidas fiscales y financieras que se adoptaron en dicho Pacto. Ha llovido tanto desde entonces, 41 años, que ha llegado a pudrirse hasta la buena educación de nuestros políticos, nacionales y locales, arrastrando tras de sí el lustre y la respetabilidad de grandes instituciones de la organización del estado a todos los niveles.

No se trata de entonar “el cualquiera tiempo pasado fue mejor” de Jorge Manrique porque  es evidente que en este caso lo fue.  Y es que de esa época guardamos en la retina y en la memoria colectiva el esfuerzo, intelectual y físico, de todos los grupos políticos para sacar adelante nuestro país. De la situación actual me temo que conservaremos en la retina y la memoria colectiva a un político que monta un teatrillo con una impresora en el Congreso de los Diputados, o a una ministra que se refiere a las cuentas del estado ante un micrófono como si estuviera charlando en tono jocoso en la barra de un bar; o a nivel local, a un Consejero que insulta gravemente en un Pleno a una Diputada, o a un Diputado instalado en la mala educación, los gritos y el insulto, de forma permanente.

Desgraciadamente los ejemplos empiezan a ser infinitos. Hemos pasado de sentir orgullo a sentir auténtica vergüenza. Preocupante es también que tras ese diluirse la educación se hayan diluido las capacidades de nuestros políticos y la seriedad en “su trabajo”, o cuando menos el tiempo que dedican a ocuparse y preocuparse por los problemas de los ciudadanos a los que sirven. La conducta de algunos políticos, demasiados aunque fuera solo uno, socava la dignidad de las instituciones a las que pertenecen y/o representan, y muestran una intolerable falta de respeto hacia éstas y hacia el conjunto de los españoles. Cuando a eso le añadimos grave torpeza en su gestión o comentarios, apaga y vámonos…

Si aderezamos todo esto con la presunta comisión de un delito y seguimos haciendo política pasamos a otro plano que bien merece capítulo aparte.

En derecho “las formas” son esenciales hasta el punto que constituyen una rama del mismo, el Derecho Procesal. En la política, la educación en el sentido de formación y en el de buenas maneras, también debiera ser consustancial, siquiera sea sólo porque a garrotazos no es posible entenderse; y hacer política, en un estado democrático, es fundamentalmente llegar a acuerdos. Curiosamente la palabra “política” procede etimológicamente de la  griega “politeía”, polis, ciudad, y guarda relación directa con la palabra “paideía”, educación, por cuanto que ésta consistía esencialmente en formar a los niños para convertirlos en personas aptas para ejercer su deberes cívicos, es decir para formar parte de la polis, la ciudad. Lastimosamente nada de todo eso, salvo el término, queda hoy por hoy.

No tenemos los políticos que merecemos, no; pero de nosotros depende invertir este proceso de deterioro castigando con nuestro voto los comportamientos de aquellos que a fuerza de faltarnos el respeto, a nosotros y a nuestras instituciones, se han ganado nuestra mas absoluta reprobación. Para eso sirve, entre otras cosas, una consulta electoral.

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