Ojalá sea el primer brote de una fecunda cosecha

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Hace mucho tiempo que no publico nada por estos lares, y probablemente a casi nadie le importe. Pero hoy he leído un artículo del corresponsal del El Mundo en Washington que me ha parecido, por insólito, llamativo, de la misma manera que puede resultar llamativo encontrar un pastor alemán cruzando el Atlántico. El protagonista es Mitt Romney, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos allá por 2012, que se ha convertido en el primer senador de la historia de aquel glorioso país en votar contra el presidente de su propio partido en un proceso de destitución, que ellos llaman impeachment y que tiene tintes apocalípticos.

Desde luego que no se trata de un tránsfuga ni del caso de alguien que haya cedido a intereses espurios – contrapartidas, vaya -, pues su fortuna personal y sus setenta y tres años ya dan para pocas veleidades. Se trata de un caso agudo de cólico ético o moral, o como se dice comunmente, que se le revolvían las tripas de tal modo ante el paripé partidista y antidemocrático que han protagonizado sus congéneres, que no ha tenido otro modo de aliviarse que no tragar. Es curioso que este personaje, que le dio un buen revolcón nada menos que a Obama en un debate televisivo muy sonado, no ha sido, digamos, un referente de principios sólidos a lo largo de su carrera y sí un buen ejemplo de tiburón posibilista, a decir verdad, como todos los que pueblan la cámara.

Así que tiene al mundo de la política mundial desconcertado, incapaz de explicarse tal anomalía, pues quebrar la unidad transaccional que mueve las ruedas de la política mundial desde la cámara alta del país más poderoso del mundo, no es moco de pavo. No voy a descubrir la rueda, pero la conclusión es clara: la ideología del siglo XXI no es otra que el finalismo materialista. Y de esta conclusión se extrae la siguiente, que es aún más dura y contumaz: cuando los principios están al final, la democracia se convierte en un instrumento que empodera al que tiene y debilita al carente de medios materiales.

Pero caer en la falacia marxista de la brillante interpretación de la realidad desde un nuevo e ilusionante paradigma y la propuesta reaccionaria de soluciones desde aquél que pretende abandonar, sería ya no pueril a estas alturas, sin de todo punto mendaz, que ya no hay excusas.

La conclusión clara es que el planeta está gobernado por personas ávidas de poder y éxito que sólo buscan manipular a sus electorados para hacerles creer que van a satisfacer sus demandas y así lograr el éxito y el reconocimiento deseado, que nunca es satisfactorio, como bien nos decía Oscar Wilde. Y, ¿qué pide el electorado? Poder consumir más y trabajar menos. Se acabó.

En este contexto, la decisión y la conducta de el señor Romney rompe todos los esquemas. Como decía el fallecido – y buen ejemplo de hombre a la contra del mercado – Germán Coppini, son malos tiempos para la lírica. Romney abre una puerta a la esperanza, porque es el ejemplo perfecto del hipócrita que, al final de su vida, dice: «Basta ya. Esto es un asco. Y que salga el sol por Antequera». Bueno, o por Ohio o por donde le de al sol por salir por esos lares.

Ojalá sea el primer brote de una fecunda cosecha.