Mascotas y petardos, ¿es que nadie piensa en ellos?

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Aunque se publica un uno de enero, este artículo no debería tener una fecha concreta, me gustaría que año tras año sirviese de escarnio público a aquellas personas que no empatizan con los animales. ¿El motivo en cuestión?, la maldita pirotecnia y similares.

Sí, estamos en una época de festividades en la que derrochamos felicidad y alegría por los cuatro costados. Reír, pasarlo en grande con nuestros familiares y amigos, el botellón de turno, la juerga hasta las tantas por las distintas zonas de ocio de la ciudad o pueblo en el que pasamos las navidades… pero no, la pirotecnia o los petardos no benefician a nadie, todo lo contrario, son ruidos escandalosos (más escándalo cuanto mayor sea su potencia explosiva) que perjudican tanto a algunas personas como a las mascotas, en especial a los perros.

A medida que se acerca la Navidad, como en cualquier época del año, los que tenemos canes los sacamos para que hagan ‘sus necesidades fisiológicas’ y se expansionen después de varias horas encerrados entre cuatro paredes. No pasan ni cinco minutos desde la salida del portal y ¡PUM!, petardo al canto, y ¿cuál es la consecuencia de este molesto ruido?, que el pobre animal salga despavorido de vuelta al portal, cual trinchera en la que se siente protegido.

Aparte de impedir que el animal cumpla con sus quehaceres inmediatos e inaplazables, hay que añadirle que siente coartada su libertad de movimiento, ya que ese miedo aterrador a los petardos provoca que se niegue a volver a salir a la calle. ¿Acaso a las personas no nos amedrantaría de igual forma ver y escuchar a nuestros vecinos con pistolas u otras armas de fuego pegando tiros a diestro y siniestro aunque sólo fueran al aire? Este mismo miedo, derivado del instinto de conservación que nos aterraría a nosotros en el hipotético caso de vivir en Dodge City, ciudad sin ley, es el que padecen nuestras mascotas cuando escuchan las explosiones de artefactos pirotécnicos, en unas fechas que ya no sólo incluyen la Navidad sino también sus prolegómenos.

En plena Navidad el problema se intensifica, petardo por aquí, petardo por allá… las 24 horas del día retumban sin parar, alcanzando una magnitud inimaginable, provocando que tu pequeño compañero del alma sienta el miedo en lo más profundo de su ser. Hasta tal punto llega la turbación del can, que prefiere evitar pisar la calle por temor a ser ‘disparado’ y en frecuentes ocasiones lo expresa haciendo sus necesidades dentro de nuestro domicilio. Lo que para unos puede ser un ruido ‘agradable’ para otros es un suplicio, y mucho más cuando tenemos animales en casa que sufren con estos sonidos tan perturbadores.

Los humanos que contamos con la incomparable experiencia de tener o haber tenido una mascota nos metemos en su piel y notamos su sufrimiento en primera persona. Unas fechas tan bonitas, con tantos deseos de paz, amor y felicidad entre las personas de buena voluntad, se acaban convirtiendo en un infierno para ellos, qué triste contrasentido. En unos instantes, tras la inoportuna explosión de alguno de estos artefactos pirotécnicos de gran calibre, su expresión facial pasa de la calma y la felicidad al terror personificado. Aunque intentes de todas las maneras posibles convencerle con caricias y un tono de voz sosegado de que esos ruidos pronto cesarán, sabes que no puedes engañarle eternamente, ya que muy pronto se reproducirán machaconamente. Tantas apariencias y tanto derroche en Navidad y qué poca tolerancia con los seres más vulnerables, incluidas nuestras mascotas pero también algunos animales de dos piernas.

En Nochevieja, lo mismo multiplicado por mil, incrementándose la potencia y la frecuencia con la que tenemos que soportar estos desmanes sonoros. Lo que antes eran cortos periodos de tiempo ahora parece que ha llegado la IIIª Guerra Mundial. Si antes el perro sufría, ahora entra en una grave crisis de ansiedad y espasmos incontrolables que pueden acarrearles su propia muerte. No sería el primer caso ni el último en el que un animal pierde la vida por estos ruidos, pero claro, nadie mira por el sufrimiento ajeno, sólo valoran la propia diversión. ¿Empatizar con el que sufre? ¿Para qué? ¡Mejor lanzar artefactos a tutiplén y que se jodan los demás!

Nuestras mascotas, nuestros fieles e incondicionales amigos del alma, no escriben cartas a los Reyes Magos pero estoy seguro de que si lo hicieran, no encabezaría su lista de deseos a los sabios venidos de Oriente un hueso que roer o una manta sobre la que recostarse sino acabar con este injustificado sufrimiento. Hay que asimilarlo, vivimos en una sociedad egoísta en la que la gente solo mira por su ombligo y no por el ajeno… aunque sea un animal. ¿Cuántos de los que se consideran animalistas e incluso colaboran en las campañas de sensibilización contra el abandono, que me parece muy bien, estarán olvidando en periodos navideños el sufrimiento que provocan los petardos?

Nadie piensa en ellos, en las mascotas que lo dan todo a cambio de nada, en el mejor amigo que puede tener el hombre y del que tú mismo sabes que acabarás llorando su ausencia en ese mismo instante en el que te falte. No te abandonan si eres pobre, poco agraciado físicamente o sin carisma, estarán contigo a las duras y a las maduras, pero, ¿qué sabrán esos cretinos que lanzan petardos y pirotecnia en general sobre lo que es la empatía por el vulnerable cuando ni ellos mismos la practican con sus semejantes?