La impotencia de los populismos

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Nos cae encima la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia y hay claras opciones de que un líder populista, Marine Le Pen, pase a la segunda ronda, o incluso dos, si consideramos las posibilidades de Jean-Luc Mélenchon. Dos líderes antagónicos en sus propuestas políticas pero que tienen en común un nacionalismo recalcitrante que amenaza con cargarse la Unión Europea.

Sin embargo, creo que no debemos caer en el alarmismo porque las anteriores experiencias de gobiernos populistas nos demuestran que cuando alcanzan el poder, incluso con mayorías parlamentarias claras, son incapaces de poner en práctica sus radicales y absurdos planteamientos populistas.

El primero fue Alexis Tsipras, que no ha podido cumplir ni la mitad de su programa electoral. Grecia no ha salido del euro, ni ha habido quita de la deuda, ni ha subido las pensiones, ni ha podido lanzar un ambicioso programa de inversiones públicas, ni muchísimo menos ha podido establecer una renta básica universal. Ahí están, pagando religiosamente, que lo mismo daría que gobernase Syriza que cualquier otra formación política.

Parecido le ha pasado al JuntsxSí de Puigdemont y Junqueras. Ni referéndum separatista, ni desconexión con España, ni agencia tributaria propia, ni nada de nada de lo que prometieron a sus electores en las pasadas elecciones autonómicas, que dejaron de ser plebiscitarias en cuanto vieron que no llegaban ni a la mitad de los votos. Ahí están, mendigándole al ministro Montoro unos millones del FLA para poder hacer frente a los pagos más inmediatos de la Generalitat catalana.

Y lo mismo o muy similar le está pasando a Donald Trump y su «America First». No ha podido cerrar las fronteras, no ha podido evitar las importaciones a bajo coste, no está pudiendo regular los flujos migratorios ni tampoco es capaz de ocuparse primero de los problemas nacionales, dejando de ser el gendarme mundial. Ahí lo tienes, bombardeando Siria y Afganistán como haría Bush o cualquier otro presidente republicano al uso.

Vemos la carrera presidencial francesa con una cierta preocupación pero en el fondo deberíamos saber que gane quien gane, no va a poder cambiar nada que el sentido común no nos indique que merece ser cambiado. Y a ver si tras esta nueva experiencia, el enésimo batacazo gubernamental del populismo, los ciudadanos empiezan a convencerse de que para mejorar las cosas no es suficiente con querer, la voluntad soberana, sino que hace falta mucho trabajo y esfuerzo.

Venga, Manuel, que las cosas no se hacen solas…

 

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