Flor de febrero no va al granero

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Dice el refranero español que febrero es un mes embustero. Y no seré yo quien contradiga al saber popular. Uno de esos meses en los que no sabes si abrigarte o dejarte seducir por el traicionero sol que, igual calienta hasta el exceso, como comparte los cielos con un viento helado que atraviesa cuantas capas de ropa pongas por delante.

Con este tiempo enloquecido, me encaminé al encuentro de Inés Arrimadas con afiliados y simpatizantes, entre otros allí presentes, con la intención de pulsar el ambiente y escuchar de primera mano el discurso de la poco discutida lideresa. Los ojos se fían de ellos mismos, las orejas se fían de los demás.

Nada nuevo bajo el sol de Valencia. Un discurso bien armado y bien ejecutado por una gran oradora, con el punto justito de sal –entiéndase épica- y unos leves toques de menta –zafio eufemismo de frescura-. Un discurso necesario, pero hueco. Lo mismo que le pasó a Albert Rivera, quizá desalentado ante las ocasiones perdidas, quien trató de enarbolar un mensaje buenista para con el afiliado, cuando los números no salían, y lo que salía de sus labios sonaba como el frío y metálico eco de lo robótico. Ese mismo virus parece estar afectando también a Arrimadas.

Si febrero este año nos regala un día, Arrimadas nos regaló los oídos con medidas orientadas a incrementar la participación de los presentes –la aldea gala que persiste en su empeño por articular una opción de centro-, un banco de talento, y una oficina del afiliado. Esa zanahoria que de tantas veces mostrada, y retornada después al congelador, ya carece de sabor y olor. Raro es el regalo tras el que no se esconde algo malo.

No es que Arrimadas y su guardia de corps​ hayan urdido un oscuro plan para hacerse con el poder del partido, gira promocional incluida, con el objetivo de perpetuar el modelo piramidal de la estructura de Ciudadanos. El problema es que no hace falta. No hay alternativa posible. Es la mejor elección, y lo sabe. Todos somos conscientes de ello. De su capacidad. Lo malo, y aquí está el regalo envenenado,  es que no ha cambiado nada. Ni parece que vaya a cambiar, superada una gestora que deja las cosas atadas y bien atadas. No le hace falta.

Hay quien dice que es una necedad dar más fe a palabras que a obras. Y tiene razón. Queremos creer en las palabras de Arrimadas –yo, al menos, lo deseo-, pero, hasta la fecha, la realidad es que no se ha escuchado, ni atendido, ya no la opinión del afiliado, sino la mera sugerencia. Por no hablar del clamor, cuando lo ha habido. Y no me refiero tras la debacle electoral, sino mucho antes.  Solo hay que seguir el goteo de salidas sin portazo, antes incluso de la anterior asamblea.

Este sábado, Arrimadas podía haber cambiado las cosas, además de ofrecernos su speech promocional y hacerse fotos con los cultivadores de imagen en redes sociales. Podía haber convertido las palabras en hechos. Sentarse con miembros de la plebe y escuchar de primera mano lo que no se atreven a contarle, si es que tienen la mínima noción de ello, los distintos escalones que conforman esa pirámide azteca en que se ha convertido este partido.

Es honesto que presente públicamente su posicionamiento ante los inminentes procesos electorales que tenemos este año –Cataluña, País Vasco y Galicia-. Le honra poner en la mesa la necesidad de una política de pactos excepcional para un periodo político excepcional –Mejor Unidos-. Lo preocupante es que eso debería de ser lo normal. Votar a una persona por sus propuestas concretas y no por ausencia de contrincante en el peso de su categoría.

Dicen los refranes populares, que seguro más de un meteorólogo de la gestora conoce, que en marzo tronar no es de extrañar. La V Asamblea será –o debería de ser- una auténtica tormenta de ideas, pero probablemente se quede solo en precipitación. En espera que no sea al vacío de la irrelevancia política porque España necesita una opción de centro como la que quería ser Ciudadanos. Ojalá, aún quiera.

Si marzo no hace lagunas, la cosecha está segura. Si de verdad el partido escucha a las bases, deja de vivir al dictado de las encuestas, y desarrolla una estructura –sí, una, no diecisiete, pero sí con diecisiete áreas de comunicación- en la que se trabaje bidireccionalmente para que las ideas, los mensajes y las propuestas fluyan…En un año, ante el adelantamiento de la convocatoria electoral nacional, estaremos preparados.

Aunque, hoy me flaquea el ánimo, y soy más de los que piensan que si en marzo marcea, en abril abrilea. O, lo que es lo mismo, que si no hay cambios viviremos otro marzo engañador, un día malo y otro peor. Y, por tercera vez en lo que llevamos de joven democracia, una opción de centro habrá sucumbido a la endogamia y la supremacía de las élites.

Refranes que no sean verdaderos y febreros que no sean locos, pocos.