En el último suspiro

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Por esos héroes anónimos que sufren la soledad del cuidador

Aquel café olía diferente. Tras los ventanales, nubes grises destemplaban la tarde. Con la mirada al vacío, alejaba por momentos de su pertinaz rutina, la amenaza del último suspiro. Ahora sabía que su alma comenzaba a vestirse de luto. La inconsciencia y la esperanza de ese hilo del que pende la vida, no permitían razonar. Demasiados recuerdos. Demasiados sentimientos. Demasiado amor. Un sorbo amargo espeta crudeza. Observa a su alrededor. Es hora de subir a la séptima planta.

Custodia la noche un solemne silencio. Es una especie de paz solitaria y gélida. Alguna lágrima muda desliza por las mejillas. Ese pequeño paréntesis concedido tras tanta obligada sujeción. Amanece. Una cálida sonrisa atenúa esa mirada fija que busca paz interior. Ese consuelo eterno que solo brinda el amor incondicional. La inmortal compañía facilita el viaje que pronto emprenderá en solitario. Es su pequeño rayo de luz. Es su mejor abrigo.

Suena el teléfono. Una voz muy familiar, hecha girones, pretende hallar las palabras adecuadas. Al final, todas irán encaminadas a pronunciar lo mismo. La muerte, en este caso, quiere ofrecer una tregua. Habrá despedida. Dolor y agradecimiento transitaran juntos con total perplejidad. Persigue hacer de un día muy triste y un último adiós. Un hasta luego, os quiero, estaré bien.

Un trozo de tarta de chocolate preside la estancia. Es su deseo final. Sentada desde el sofá, contempla a su madre tratando con sumo cariño a su hermano. Es mayúscula la admiración que siente por ambos. Y en ese instante, entre un mar de lágrimas, asiste a la verdadera grandeza del ser humano. Pronto, la habitación 717, será testimonio de una nueva historia y un nuevo destino.

Abrazada a él, con llanto inconsolable, se le va la vida por la serenidad y templanza con la que escoge marcharse. Colmada de infinitos besos, se aferra a su cuerpo, anhelando retenerlo. Su agradecimiento por tantos cuidados y mimos, consiste en hacerle sentir calma y tranquilidad. Ella, le promete, que cuando el tiempo alivie las sangrantes heridas, contará al mundo entero la dignidad con la que se fue. Cuídame y guíame desde arriba. Unos ojos brillantes llenos de comprensión, asienten y sellan el acuerdo. Tío y sobrina, desnudan sentimientos, con impulso celestial.

Hoy, harías 57 años. Luchaste contra una tremenda enfermedad, que en esta segunda vez, recordó: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, Jorge Manrique. El fatal desenlace asomó raudo y veloz. Ese tratamiento y su evolución, servirían seguro para otros pacientes. Y así lo entendiste. Te dejaste llevar confiando en las prodigiosas manos de tu doctor. Cuánto admiración profesabas por él!!!!!

Por todos esos familiares y amigos, que acompañan a sus seres queridos en la enfermedad, en su lucha, en su esperanza, en ese duro combate que, a veces, es la vida misma. Sus caricias, sus atenciones, su ternura son el mejor remedio que su alma solicita. Esos héroes anónimos que sufren en silencio la soledad del cuidador.

¿Cuánto me queda de vida?, preguntan. Con amor y cariño, siempre.    

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