El que escribe muere… y también puede matar

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Archivo de Anna Politkovskaya

Roberto Saviano dedicaba uno de los capítulos de su libro ‘La Belleza y el Infierno’ (2009) a la periodista asesinada por el KGB, Anna Politkovskaya, encargada de destapar las atrocidades cometidas durante la Guerra de Chechenia y denunciar la represión en la Rusia de Putin. Un título cristalino, directo a la médula: ‘El que escribe muere’.

En él, Saviano relata la historia del oficio que le llevó hasta la muerte, de su lucha por hacer justicia a las víctimas del conflicto, del efecto mortífero que infringían en el poder ruso cada una de sus palabras. ”Su palabra sólo se podía detener así. Sólo de esa forma lo habían logrado: con balas. Tres años después los acusados del asesinato de Anna han sido absueltos. […] Hasta hoy el asesinato no tiene autores materiales ni intelectuales. Pero las palabras de Anna siguen siendo espinas clavadas bajo las entrañas y en las sienes del poder ruso” escribía Saviano.

La historia de Anna quedará grabada para siempre en la memoria del oficio periodístico como el retrato más extremo y feroz de qué le puede suceder a un periodista si hace lo que debe hacer: contar la verdad. La muerte. Tan duro, tan real.

Del periodismo al límite que practicaba Anna hacia abajo hay muchas capas, pero lo que sigue siendo cierto es que la verdad es altamente apreciada porque escasea. Los medios mienten, manipulan y difaman, todo ello es ya difícil de rebatir. Y, por tanto, tienen el poder de matar -aunque no sea físicamente- de clavarle la cruz a alguien y utilizar la credibilidad que ostentan para las masas para machacar a quien les apetezca.

La presión periodística, los editoriales y las noticias de los medios de comunicación ejercen una influencia fundamental en tanto en cuanto crean y modelan la opinión de los ciudadanos. Un periódico, o mejor dicho una serie de periódicos a la vez difundiendo noticias sin pruebas y difamando sobre determinada persona o institución pueden llegar a degradar la imagen de una persona hasta puntos insospechados, sin que la mayoría -sin aparatos mediáticos detrás capaces de hacerles frente- puedan hacer nada.

En la era de la posverdad, denunciar a un medio apenas tiene efectos en el terreno de la protección del derecho al honor, ya que las noticias corren mucho más rápido que la Justicia y la opinión pública se crea su versión según lo que lee y escucha. Es por ello que los medios tienen -tenemos- una gran responsabilidad cómo garantes de las libertades colectivas si, pero también de las individuales. En la no creación de juicios paralelos. Lo hemos visto miles de veces.

Uno de los más flagrantes fue el de Dolores Vázquez, acusada falsamente de la muerte de Rocío Wanninkhof en 1999, y a la cuál los medios señalaron y persiguieron hasta la extenuación, difundiendo informaciones falsas que ayudaron a una condena por parte del jurado popular que más tarde se demostraría errónea pero la marcaría socialmente para siempre. Son vidas tocadas, marcadas en una cruz injustamente por la voracidad de los medios de comunicación, por la falta de rigor y de una mala praxis que condena a víctimas inocentes a la muerte en vida.

Por ello, y también cómo homenaje a Anna Politkovskaya que contó lo que vió y ayudó a las víctimas reales del conflicto y no al revés, este medio nace con el objetivo de contar aquello que sucede, de defender y garantizar las libertades sociales dando voz a todas las opiniones. Sin ambages ni sesgos. Bienvenidos.

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