Del fervor religioso al ardor de estómago

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Madre superiora, congregación, misales, deán… No es nuevo para nadie el fervor religioso de muchos de los personajes más siniestros de nuestra historia reciente. Este fervor les lleva para hablar de su organización delictiva hasta extremos de utilizar terminología propia de su “ferviente” fe.

Todos recordamos lo que le gustaba al dictador entrar en las Catedrales bajo Palio, o lo profundamente religiosos que se han mostrado siempre los mafiosos y delincuentes de todo tipo. Recientemente a muchos de los corruptos más famosos de los últimos tiempos les vemos dedicar su tiempo en prisión a visitar fervorosamente la capilla o solicitar permisos de salida para asistir a actos religiosos.

Siempre he pensado lo incongruente que resultaban dichas posturas y dentro de mí inocencia, cada vez más interrumpida, a veces he llegado a pensar que todos esos gestos no eran más que el resultado de su eterno sufrimiento por el dolor de conciencia que les creaba sus inmorales comportamientos.

Quiero creer en lo atormentados que viven muchos delincuentes de esta calaña arrepentidos de sus fechorías, pecados, en los cuales vuelven a caer una y otra vez, por inercia, por considerarlo natural, y que, llegada la noche, hace que aumente y aumente su tormento, intentando mitigarlo con la oración y la comunión, pero curiosamente nunca con la caridad, el trabajo social o la ayuda a los demás.

Después lo pienso un poco más y me doy cuenta de lo iluso que puedo llegar a ser. Es todo mentira, fachada, desvergüenza e inmoralidad y el descaro de además de robarnos, burlarse de la fe y las creencias de muchos de los decentes.

Recuerdo en mi infancia, cuando la paga semanal iba ligada a la Comunión dominical, los malos ratos que pasaba cuando al comulgar, la Sagrada Forma se me pegaba al paladar y me causaba una sensación de ahogo desesperante hasta que conseguía despegarla con la lengua, porque no se podía tocar con la mano ni masticarla. Hoy cuando asisto a algún acto religioso y en la fila de la comunión veo algunas personas, yo solo me río pensando que más de uno de ellos debería también atragantarse.

Si existe el castigo Divino, no sería un mal castigo para estos fariseos que cada vez que comulgan sufrieran esa sensación de ahogo inmensa y al tragar un tremendo ardor de estómago continuo semejante al que sufren los decentes cada vez que escuchan sus desvergüenzas.

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