De casta le viene al galgo

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Llevamos varios días abriendo todos los telediarios con la noticia del ya famoso chalet de Pablo e Irene y aunque pueda parecer inaudito que no tengamos nade mejor de qué hablar, dados los tiempos que corren, lo cierto es que ya metidos en tiempo pre-electoral cualquier cosa que podamos aprovechar para atraer posicionamiento en las encuestas no es despreciado por ninguna formación política. Aunque no hay que quitarle importancia al hecho evidente de incoherencia política de la parejita y al hecho, también evidente,  que muchos le teníamos muchas ganas a Pablo Iglesias.

Desde su presentación a las elecciones europeas de 2014, escuchamos a un Pablo Iglesias subido a su púlpito de moralina anticapitalista y revolucionaria, dando lecciones de lo que se debe pensar o no, con el totalitarismo intelectual que le caracteriza y que ha arrastrado a miles de seguidores desde su fundación. Partido quizá surgido de los movimientos de protesta del 15 de mayo de 2011, deberíamos preguntarnos qué queda de aquel movimiento ciudadano de ya siete años de edad que, si bien no ha conseguido satisfacer ninguna de las demandas de sus eslóganes, sigue marcando la vida política actual sobre todo en cuanto al fin del bipartidismo clásico PP-PSOE y sus consecuencias.

Al igual que ocurrió con Mayo del 68, -de donde Podemos en España, Corbyn en Reino Unido o Syriza en Grecia, beben de sus fuentes-, no se consiguieron los objetivos marcados, pero aquella revolución lleva marcando la vida de todos desde entonces y aquellos días supusieron el inicio de muchos avances sociales como la liberación de la mujer, el protagonismo de la sociedad civil y los derechos sindicales, aunque todavía quede mucho camino por recorrer: La mujer trabajadora es una discreta realidad pero sigue siendo maltratada por una sociedad machista y siguen muriendo muchas a manos de sus parejas todos los años; los derechos sindicales que florecieron en los años 70 y 80 han pasado a mejor vida con las últimas reformas laborales; quizá sólo nos queda la sociedad civil, verdadero acicate de políticos, aunque convertida en movimiento radical en algunos casos, como hemos visto recientemente en Cataluña. Afortunadamente nos queda la otra sociedad civil, la que ha resurgido como oposición a los radicales, la sociedad del sentido común y la tolerancia, como también hemos visto en Cataluña.

La ideología concreta de estos partidos es lo de menos, lo fundamental es que su método es el populismo y esta metodología se vuelve contra uno como un boomerang. Todos  hemos sido jóvenes una vez. Unos lo vivimos en el 68 y otros lo están viviendo ahora pero hay una gran diferencia con los del 68 y no voy a decir aquello de “aquel tiempo pasado siempre fue mejor”. Estos jóvenes que no han vivido, gracias a Dios, ni una guerra ni una postguerra, que han tenido acceso a toda la cultura del mundo, a toda la información, universitarios de pro, han agarrado el retrato de Franco, le han dado una manita de pintura y han resucitado a los muertos de la guerra civil, pero eso sí, sólo de los de izquierdas porque éstos están más muertos que los otros. Todo es fascista menos su ideo-metodología.

Escraches a diestro y siniestro, -da igual que sea en la puerta de Soraya Sáenz de Santamaría o en la Universidad ante Rosa Díez-, exhibición del niño de la Sra. Bescansa en el Congreso, las múltiples salidas de tono -con las críticas a los primeros años de la democracia, desnaturalizando el esfuerzo ímprobo que se hizo para darnos una oportunidad y cerrar heridas-, a las constantes alusiones a la Ley, -pero con un posicionamiento fuera de la Ley apoyando iniciativas inconstitucionales- . No hablemos de Venezuela y del dinerito fresco que sigue llegando a Podemos y sus cabecillas.

Ahora que el boomerang está de vuelta ya no nos gusta que se exhiba la vida privada de uno, que se hable de sus gemelos o que se haya compartido en redes sociales la foto de la casita. Se habla de acoso y de ensañamiento. ¡Claro! Es que ahora en lugar de acosador se pasa a ser víctima y las cosas, desde el otro lado, se ven de forma muy diferente.

Sinceramente, estamos un poco hartos del “Pepito Grillo” de Pablo y nos hemos cebado con el chalet. Estamos más que hartos de que estos pobres niños ricos, universitarios contestatarios, reyezuelos de sus hogares paternos, que han tomado al asalto las pancartas de la honestidad, de la defensa de lo que está bien o mal y que ahora, ya con los riñones cubiertos –milagrosamente la nómina llega todos los meses a la cuenta bancaria y en cantidad- y endiosados por las tronas de las Alcaldías o los asientos del Congreso, acaban cayendo como fruta madura y convirtiéndose en lo que realmente son, humanos, con esa fragilidad humana que nos caracteriza a todos.

Ahora Pablo e Irene, con el anuncio de la buenaventura de la llegada de sus gemelos, necesitan apartarse de la suciedad del pié de calle del asfalto y salir al campo a disfrutar del sol y la piscina y llevar a sus niños a un colegio, al menos concertado, donde protegerles del lado feo de la vida. Aspiraciones que tienen todos los padres del mundo, permítanme decir, porque todos aspiramos a un mundo mejor, pero en nuestra casa también.

Si estos dirigentes pretenden seguir en el espectro político, lo menos que se les puede pedir es coherencia y moral política, al igual que llevan exigiéndolo ellos al resto de formaciones desde la campaña electoral para las elecciones del 2015. Con referéndum o sin él, lo exigible es dimisión. El traslado de la responsabilidad a sus bases, en lugar de un hecho de coherencia política, tan cacareado por sus adeptos en los últimos días, es un hecho más de falta de responsabilidad, de huída hacia adelante para seguir montados en el burrito.

De cualquier forma, debo decir, Pablo, Irene, que lo habéis conseguido. Habéis entrado en la casta por la puerta grande. ¡Bienvenidos al club!

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