Concienciación y educación para la ciudadanía

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El gobierno de J. Luis R. Zapatero se “inventó”, al margen de las intenciones que llevaba con ello, lo que por su nombre era y es tan necesario como el agua: Educación para la Ciudadanía. El experimento fracasó por unos motivos o por otros, entre ellos la constante manipulación política de la educación, pero el concepto-título como tal, ahora en tiempos de zozobra, cambios e incertidumbre, se está demostrando que es más necesario que nunca.

La realidad, que como siempre supera a la ficción, nos está demostrando que igual que somos una sociedad solidaria, comprometida y conformada en exceso, somos una sociedad explosiva, expresiva, exagerada y poco reflexiva en nuestras reacciones. Los escraches que se están produciendo últimamente, ya con demasiada frecuencia, son buena prueba de ello.

Somos capaces de escrachear, valga la expresión, para criticar que los ahora escracheados no veían con malos ojos los escraches que ellos mismos realizaban. Trabalenguas!!!

Tan repugnantes son los escraches de ahora a Iglesias y Montero, a Monedero o a la ministra Díaz, en la vivienda de Galapagar o en Asturias…como los de Soraya, González Pons, Rosa Díez o Rita Barberá, por no hablar de los realizados a gente de Cs por acudir a los actos del Orgullo o a Alsasua o la pedrada a De Meer.

Pero igualmente asquerosos, porque no dejan de ser escraches, eso sí, más sibilinos, son la propagación de bulos, noticias falsas o rumores, tergiversación de manifestaciones u opiniones, cosas a las que muchos falsos medios de comunicación y falsos comunicadores se prestan por cualquier interés.

Otro caso que nos demuestra cierta falta de una “educación ciudadana” podría ser las reacciones ante la pandemia. Cuyas consecuencias estamos sufriendo y las que nos quedan por sufrir. Es cierto que se trata de una situación totalmente nueva y desconocida para todos, que nos ha demostrado que ni éramos tan fuertes, ni estábamos tan preparados para todo como nos creíamos estar.

El comportamiento de la sociedad española durante el confinamiento ha sido ejemplar, el respeto a las decisiones y órdenes del Gobierno, asumiendo su responsabilidad con menor o mayor acierto,  ha sido continuo y completo, la mayoría de los políticos se han comportado de forma correcta y mostrando el único comportamiento posible en estas circunstancias, la cooperación y la colaboración.

Se levantó el estado de Alarma, el confinamiento, se comenzó a volver a ese concepto absurdo y ridículo de “la nueva normalidad” y nos desmadramos. ¡Todos! Desde los políticos a una buena parte de la sociedad. Empezó a hacer deporte quien no se había puesto unas zapatillas en su vida, teníamos la necesidad urgente de visitar a familiares que hacía años que no sabíamos de ellos y necesitamos más que el comer tomarnos la cerveza en el bar.

Nos hemos convertido todos en afamados virólogos y sabemos si es necesaria la mascarilla y el gel o no, si debemos mantener las distancias o podemos abrazarnos o no podemos. La falta de coherencia y la disparidad de las decisiones políticas para parar esta crisis sanitaria ha hecho que La Ciudadanía empiece a decidir por sí misma y así hemos llegado donde estamos: Ha ganado el “libre albedrío” como temían Cassen y Saza en la película de Cuerda.

En este punto es donde también se está mostrando la falta de esa “Educación en Ciudadanía”. No estamos demostrando ser conscientes de las situaciones si no tenemos encima a la autoridad con el garrote levantado. Esa necesaria concienciación, palabra más acertada que educación en este caso, no se enseña solo en la escuela con una asignatura, tenga el sesgo ideológico que tenga, sino en el entorno, en las amistades, en la familia, en la sociedad y es tarea de todos difundirla.

Rafa Congost, autor del artículo

Estos dos ejemplos, cabrían mil más, los escraches o “el libre albedrío” en las medidas sociales frente al Covid, son reflejo de esa falta que tenemos de desarrollar, aún, valores tan fundamentales como la libertad de expresión dentro del respeto y la educación, la libre opinión, el libre pensamiento, la solidaridad con los demás, el pensar en el futuro no solo individual sino colectivo y el asumir nuestras propias responsabilidades por convencimiento y no por temor a la sanción. La responsabilidad en nuestros actos.

Por desgracia, aunque sea duro y decepcionante decirlo, en todo esto a los jóvenes les queda mucho por aprender y a los que ya no lo somos algo por enseñar y mucho que aprender también.

Nos va mucho en ello, por no decir todo.