A garrotazos en tiempos de crisis

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Hace ya unos años que de fondo en mi perfil de Twitter tengo el “Duelo a garrotazos” de Goya. El Genio, conocedor de la forma de ser de los españoles, en épocas tan convulsas como las que le toco vivir, pintó esa escena, nada más y nada menos, que para decorar su propia casa.

Siempre me ha impresionado esa obra, hasta el punto en que me viene a la cabeza, prácticamente a diario, cada vez que veo un noticiario o escucho declaraciones de muchos políticos.

Si hacemos un ejercicio de imaginación y cerramos los ojos, seguro que recordamos que hay dos figuras, una a la izquierda y otra a la derecha, ambas con el garrote en alto. El motivo de la riña es lo de menos, la cuestión es reñir. Imaginemos ahora que aparece entre ambos una tercera figura, con los brazos extendidos, empujando a cada uno hacia su extremo.

¿Cuál sería la siguiente escena, si lo convirtiéramos en una tira de dibujos animados? El personaje central llevándose dos garrotazos, uno por cada lado, ni más, ni menos.

Pues eso es, ni más ni menos, ser de Centro en España desde siempre. Separar, escuchar, serenar, calmar, intentar dialogar, aplicar cordura, sensatez, sentido común y llevarte el garrotazo.

Las situaciones de crisis suelen servir para dejar al descubierto lo mejor, pero también lo peor, de cada uno de nosotros. En el principio de “la crisis”, todo es solidaridad, acuerdo, apoyo y respeto a las decisiones, acatamiento al mando único… Se vislumbran ciertos síntomas de estar controlada la situación, y la primera acción, casi refleja, es coger el garrote y empezar a repartir.

Con el susto en el cuerpo, “el que manda” asume responsabilidades, a su manera y con el convencimiento de que hace lo que puede, pero con la tranquilidad de que no va a recibir grandes críticas, sino todo lo contrario, apoyo y acatamiento, y valiéndose de esto se viene arriba y acaba autoconvenciéndose de que es el auténtico “mando único” por la gracia de Dios.

Por la otra parte, se asume, se apoya, se intenta colaborar, pero al mismo tiempo se va preparando el garrote para repartir en cuanto se considere que ya puede ser rentable políticamente.

Llegado ese momento, empieza el reparto. Los espectáculos de los plenos y comparecencias del Gobierno para ampliar el Estado de Emergencia son puro reflejo de ello.

La improvisación, la falta de transparencia, los vaivenes, las discrepancias entre ellos, la falta de respeto a la oposición, las mentiras y muchísimas cosas  más, por parte del Gobierno, serían motivo, para que una oposición, que tampoco se queda atrás en todas esas cosas cuando tiene la oportunidad de ejercer el “mando único”, empezara a levantar el garrote, y así ha sido.

Se tiran al monte, y unos y otros van a tirarse los trastos a la cabeza, sin darse cuenta de la gravedad de la situación, tanto sanitaría, que sigue siendo gravísima, como económica que va a ser catatónica.

Y, en medio de este galimatías, en el último pleno aparece una figura, que podría ser la central en la pintura de Goya, y pretende poner cordura y seriedad, exigiendo al gobierno medidas, trasparencia, concreción, compromiso y gestión eficiente. Dando un plazo, exigiendo cumplimientos y dialogo. Todo ello para no dejar en el aire y en el vacío lo poco que se ha adelantado en la mejora de la situación sanitaria y lo poquito que se ha hecho para paliar la crisis económica que nos viene y que puede convertirse en humanitaria.

¿Qué ha ocurrido? Garrotes en alto por parte de unos y otros y garrotazos a quien se ha puesto en medio y ha pedido sensatez con claridad, coherencia y compromiso.

Lo mejor del caso es que algunos aún no se han enterado de lo que se votaba y las consecuencias que podía tener.Es de esperar que, algún día, den el garrotazo en falso y en vez de llevárselo la figura de en medio se den ellos mismos en su rodilla. A lo mejor entonces entiende la inutilidad de ciertos comportamientos.